Prensa anarquista y anarcosindicalista en España, 1869-1939

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Introducción al análisis

Introducción al análisis de la prensa anarquista y anarcosindicalista en España

La comunicación escrita y la posibilidad de propagar las ideas por este medio recibieron un impulso considerable con la invención de la imprenta. Esta no determinó, sin embargo, de forma inmediata, la aparición del periódico. Aunque algunos quieran remontar su existencia a la época de los romanos - lo cual es perfectamente lícito - nosotros recogemos su acta de nacimiento a principios del s.XVII.

En España habría que esperar aún algunos años para que se produjera tan feliz acontecimiento. El desarrollo del periódico - sobre todo del periódico diario - requería como condición indispensable - además de los avances en las técnicas de impresión - la expansión de los transportes y las comunicaciones. Exigía la extensión del sistema de postas y como consecuencia la mejora del servicio de correos. De esta forma se facilitaba la posibilidad de que la distribución del diario franquease los límites locales.

La introducción del ferrocarril a mediados del siglo pasado propició aún más la difusión de la prensa por toda la geografía nacional. El telégrafo - a partir de la década de los cincuenta - posibilitó un aumento sin precedentes en la velocidad de transmisión de la información.

Inventos como el teléfono con un desarrollo espectacular en nuestro siglo o las modernas técnicas de impresión no han hecho sino extender las posibilidades que de uno u otro modo ya se encontraban en germen en el siglo anterior. Últimamente la informática ha supuesto un cambio revolucionario en el desenvolvimiento de las comunicaciones de imprevisibles consecuencias.

Aunque el periódico propiamente obrero apareció mucho antes de la implantación de la Internacional, ésta le proporcionó las bases de sustentación necesarias para convertirse en el vehículo de expresión de la clase obrera identificada como tal y por tanto separada de la ideología radical de la burguesía progresista.

Cuando el periódico anarquista comenzó a dar señales de vida - a partir de 1869 - la prensa tenía ya más de dos siglos de existencia y tanto las técnicas de impresión como los transportes estaban lo suficientemente avanzados para permitir la supervivencia y la posibilidad de distribución y difusión de una prensa que por sus especiales características solo podía contar con escasos medios económicos.

Salvo muy contadas excepciones, el vehículo lingüístico utilizado por la prensa anarquista o anarcosindicalista fue el castellano. En las áreas de habla castellana es lógico que así fuera. Sorprende, sin embargo, que en Cataluña o Levante - mucho más en la primera que en la segunda - también lo fuera.

Exclusivamente en catalán se publicaron una mínima proporción: aproximadamente un 3% (de los periódicos publicados en Cataluña y Levante). El bilingüismo estuvo más extendido, sobre todo a partir de la II República: alrededor de un 9%, aunque en éstos era también corriente que predominase el castellano.

Ese fenómeno no puede ser explicado únicamente con las razones aducidas por los propios anarquistas. Apoyándose en su innegable internacionalismo, decían rechazar todo aquello que tendiese a potenciar los localismos por el evidente riesgo que comportaba de deslizarse hacia el nacionalismo. Estas razones pierden consistencia al considerar que más de la mitad de los periódicos publicados en toda España entre los años de referencia lo fueron en áreas de habla catalana.

Habría que buscar motivos más profundos que quizá se encuentren en la identificación de la lengua con el incipiente movimiento nacionalista al que se adscribió la burguesía, llegando a estar monopolizado - sobre todo a partir de principios de siglo - por su sector más conservador.

La creciente emigración desde las tierras del sur y del oeste hacia Cataluña fue un factor decisivo que precipitó esta primitiva toma de posición. Estos emigrantes de habla castellana, en su mayoría casi analfabetos, justificaron la posición ideológica hacia el idioma catalán de la prensa anarquista.

Estas serían las razones positivas. En cuanto a las negativas, cabría preguntarse cuales fueron los motivos que impidieron, precisamente en nombre de su internacionalismo, la defensa de la cultura catalana y de su vehículo lingüístico, arrebatándosela a la burguesía.

La respuesta podría encontrarse en el origen de ambos movimientos que nacieron divergentes - el catalanismo se despliega con reivindicaciones burguesas proteccionistas, en las cuales los intereses de la clase obrera poco tenían que ver. Esta divergencia se fue haciendo cada vez mayor a medida que ambos se desarrollaban. En estas condiciones quizá no era fácil encontrar el punto de apoyo necesario para convertir el sentimiento nacional en una plataforma que superase las barreras localistas, integrándose en un proyecto social universal.

Algunos lo intentaron, pero se tropezaron con la incomprensión y las acerbas críticas de un amplio sector del anarquismo que únicamente veía en la lengua catalana a la clase explotadora, representada por la Lliga de Cambó. Y fracasaron.

En el aspecto financiero, las publicaciones anarquistas nunca gozaron de una desahogada posición económica. Sus balances arrojaban casi siempre déficit, el cual aumentaba en ocasiones hasta obligar a su desaparición.

Sus fuentes de ingresos fueron muy diversas. En algunos casos - sobre todo en lo que hace referencia a los órganos de los grupos - el donativo era la principal vía de suministro. Las suscripciones solo en casos excepcionales alcanzaban un nivel aceptable, siendo en la mayor parte de los casos el capítulo menor en los ingresos. Las ventas fluctuaban, estando sujetas al período concreto que se atravesaba y al clima político que se vivía.

Si en la localidad donde se editaba un periódico y en los lugares próximos, se lograba vender un número suficiente de ejemplares, la publicación podía sobrevivir un tiempo indeterminado. Generalmente una duración media - de uno a dos años. Pero si dependía para su supervivencia de las ventas en lugares alejados al punto de edición, el conseguir los ingresos que éstas aportaban se convertía en una aventura con final desastroso para la administración, que se veía obligada a suspenderla. En estos casos no se pasaba de una duración corta - menos de un año. Esto explica la abundancia de cabeceras con apenas algunos números publicados. En este proceso de esquilmación de las publicaciones obreras los llamados vampiros de la prensa obrera - paqueteros desaprensivos que se quedaban con el dinero que reportaba su venta - jugaron un papel importante.

Las publicaciones más estables y de más larga duración - más de dos años - fueron aquellas que estuvieron sostenidas por organizaciones amplias - sindicatos, agrupaciones culturales, grupos anarquistas, etc. - que estuvieran en disposición de enjugar el déficit que los ingresos ordinarios no podían cubrir. En estos casos la publicación desaparecía como consecuencia de la desorganización. Por la represión o simplemente por una merma en la afiliación que hacía descender sensiblemente el volumen de las cotizaciones, o bien, ambas cosas a la vez.

Los periódicos anarquistas - salvo algunas excepciones, afectando éstas generalmente a los diarios - prescindieron voluntariamente de uno de los más saneados ingresos de la prensa periódica: los anuncios publicitarios. Estos representaban un ingreso constante que ocupaba un lugar destacado en el sostenimiento financiero de cualquier publicación.

Las formas en que esta prensa se distribuía eran fundamentalmente dos: La venta directa en la localidad y puntos cercanos y la distribución por paquetes o suscripciones (fuera de la localidad). En esta última modalidad debía necesariamente intervenir el servicio de correos. Independientemente del desarrollo de este servicio y de sus deficiencias que afectaban por igual a toda la prensa periódica, nos interesa destacar el trato discriminatorio que se otorgaba a la prensa anarquista - y en general a toda la prensa obrera. En muchas ocasiones fue usado como medio preventivo. Se hacían desaparecer los paquetes o se impedía de la forma que fuese que éstos llegaran a su destino. Lógicamente esto representaba en algunos casos un obstáculo insuperable para el sostenimiento de la publicación. De poco servían, por otro lado, las constantes denuncias y protestas que se dirigían al director del servicio.

Esta red de distribución estaba compuesta casi exclusivamente por los corresponsales - también llamados paqueteros - que quisieran encargarse de su venta en su lugar de residencia. Una buena parte de estos corresponsales eran anarquistas o simpatizaban con el movimiento. Pero otra parte no desdeñable no lo era y podía en caso necesario boicotear de una forma u otra, por unos u otros motivos a la prensa ácrata.

La situación desfavorable de este tipo de prensa movió a muchos grupos anarquistas a encargarse ellos mismos de su distribución y venta como una forma de apoyo. Unos grupos nacieron con este exclusivo fin, otros lo incorporaron a su programa como una actividad más. Pero todos tuvieron un papel destacado en la extensión, difusión y supervivencia de la prensa anarquista por toda la Península.

Es difícil - por no decir imposible - contabilizar estos grupos o diseñar una mínima red de distribución formada por ellos. Ningún estudio se les ha dedicado y requeriría una investigación muy minuciosa para apenas aproximarnos a su conocimiento. Pero de lo que no cabe duda es que sin su concurso hubiera sido extremadamente difícil que una prensa como la anarquista, combativa y siempre dispuesta a la lucha, hubiese dado las muestras de vitalidad que desplegó a lo largo de todos estos años.

Las sociedades primero y más tarde los sindicatos integrados en la CNT, fueron también - a no dudarlo - puntos firmes y seguros en la red de distribución de la prensa anarquista o anarcosindicalista.

El capítulo de las relaciones internacionales del anarquismo español es muy importante. En éstas la prensa llevó a cabo un cometido de primer orden.

El intercambio de la prensa anarquista con la del resto del mundo fue siempre constante. No era difícil encontrar ejemplares de aquella en Nueva York o en otros puntos de Estados Unidos donde hubiera una base suficiente de lectores de habla castellana y, en mucha mayor medida - como es natural - en los países de América Latina.

Como contrapartida también podían encontrarse en nuestro país periódicos anarquistas venidos de aquellas tierras. Naturalmente los que estaban escritos en castellano, principalmente.

La aparición del primer número de cualquier periódico anarquista en el mundo era saludada con júbilo y se daba cuenta de su recepción (esta saludable costumbre nos ha permitido conocer periódicos cuyos rastros tangibles ha tiempo desaparecieron).

Entre los periódicos editados fuera de España que más repercusión tuvieron en nuestro país cabe citar El Despertar de Nueva York, Cultura Obrera y Cultura Proletaria de la misma ciudad; El Productor y ¡Tierra! de La Habana o La Protesta, diario, de Buenos Aires y su Suplemento Semanal. De todos modos el estudio de esta abundantísima producción periodística anarquista en lengua castellana publicada fuera de nuestro país, cae fuera de los límites trazados a este estudio.

Nos interesa, sin embargo, dejar constancia de que estos intercambios - que no se limitaban solo a los periódicos sino que se extendían también a libros y folletos - favorecieron en gran medida el contraste de ideas, la polémica sobre problemas espinosos de teoría o discusiones generalizadas sobre táctica o estrategia. Aunque al mismo tiempo ayudaron a extender los enfrentamientos personales y la polémica por motivos vacuos.

La prensa que de un modo u otro se adscribía a la ideología anarquista e incluso la prensa obrera en general - al igual que el resto de la prensa - estaba teóricamente sometida a las sucesivas leyes de prensa e imprenta que se promulgaron en nuestro país. Estas fueron liberalizadas entre 1868 y 1874. Posteriormente fueron devueltas a unas disposiciones más liberales a partir de 1883, después de sufrir el retroceso legislativo que supuso el golpe de Estado del general Pavía y un endurecimiento aún mayor con la Restauración. Estas disposiciones liberales del gobierno fusionista de Sagasta se mantuvieron con muy pocas excepciones en todo el período aquí estudiado.

Sin embargo la represión se cebó sobre este tipo de periódicos por las especiales características que los envolvían. Los delitos de prensa e imprenta se devolvieron a la jurisdicción ordinaria. Pero las denuncias por parte de los fiscales menudearon y fueron muy pocos los periódicos que no tuvieron que soportar al menos una durante su corta o larga vida. En muchos casos la denuncia - que generalmente venía acompañada del secuestro de la edición - suponía la muerte del periódico que - de vida precaria - no podía soportar el déficit económico que ello acarreaba.

La represión sobre los periódicos anarquistas podía ejercerse por vías directas o indirectas. Entre las primeras destacaban las denuncias o los secuestros o ambas cosas a la vez. En el caso del secuestro jugaba un papel muy importante el servicio de correos que era el encargado de bloquear los paquetes de los periódicos que habían sido denunciados.

Podía ejercerse también esta represión sobre los redactores, sometiéndolos a procesos o encarcelándolos; aunque esta medida daba pocos resultados generalmente, ya que se tenía prevista tal contingencia y si alguien era arrestado inmediatamente otro ocupaba su lugar. Salvo en aquellos casos en los que era todo el cuerpo de redacción el que pasaba a engrosar la población penal.

Los métodos represivos indirectos eran mucho más abundantes y también más sutiles. Entre los más frecuentes destacan el boicot del servicio de correos a las publicaciones anarquistas. Bien haciendo desaparecer paquetes enviados fuera de la localidad o simplemente negándose a expedirlos con cualquier excusa.

La coacción a las imprentas para que se negaran a imprimir los periódicos indeseables formaba parte también de este tipo de presiones. A esto habría que añadir la represión sobre los lectores. Tenemos constancia de que en muchos casos - a través de los paqueteros - la policía confeccionó listas de aquellos que compraban este tipo de prensa, con el fin de ejercer, en un momento determinado, represalias sobre ellos. En otros casos eran los patronos los que directamente ejercían tal labor despidiendo a un obrero por dedicarse a lecturas poco recomendables o sometiéndolo a tratos vejatorios por la misma causa.

A pesar de que las únicas fuentes que poseemos para investigar este aspecto de la represión, son las noticias que la propia prensa anarquista nos suministra - por lo tanto sospechosas de parcialidad - muchas de ellas eran refrendadas por la prensa de información general, normalmente poco proclive hacia este movimiento.

Para llevar a cabo un estudio minucioso que corroborase las afirmaciones de los anarquistas habría que investigar los numerosos procesos que se incoaron por causa de las denuncias a los periódicos. Sin olvidar los archivos de gobernación. Trabajos pacientes que requieren - cuando menos - dedicarles un largo tiempo. Al presente solo podemos dejar planteada la cuestión, pero todos los indicios apuntan a que la represión se dirigía preferentemente a los vehículos de la propaganda escrita. Si era posible se la suprimía de raíz, en caso contrario se la reducía a mínimos perfectamente controlables.

Adentrarnos en el análisis de las características de la prensa anarquista significa considerar los diferentes enfoques desde el que éste puede ser llevado a cabo.

Visto en sus aspectos cuantitativos, frente al volumen de la prensa no anarquista - particularmente la no obrera - la prensa de esta ideología ocupa un espacio relativamente pequeño, especialmente por lo que se refiere a continuidad, duración y periodicidad. Se diría que insignificante si tenemos en cuenta el espacio que se le dedica en las obras generales sobre periodismo.

Cualitativamente, sin embargo, tuvieron una mayor repercusión, por cuanto - a diferencia de los periódicos burgueses, fundamentalmente los diarios - prestaron muy poca atención a la información puntual o de actualidad, sobre todo política. Esta característica que le ha sido criticada con dureza en numerosas ocasiones, sirvió para que el periódico anarquista - que llenaba sus páginas principalmente con artículos de carácter doctrinal - ejerciese su influencia más allá de su desaparición y muchos guardaban la colección completa de una determinada publicación.

En el aspecto estético o de presentación, casi siempre se procuró que fuera muy cuidada. Teniendo en cuenta que había un núcleo considerable de anarquistas en el ramo de la tipografía, éstos prestaban su especial concurso en conseguir que el periódico reuniese las condiciones necesarias para resultar atractivo. Desde la cabecera, hasta la disposición de las noticias, se observa una meticulosidad que daba al conjunto un aire característico a la prensa anarquista de la época.

En la medida de lo posible, junto al título de cabecera, se insertaban grabados alusivos al periódico en cuestión y se utilizaban toda clase de recursos para llamar la atención del lector hacia un aspecto concreto o noticia de especial relevancia. Con todo, a pesar de lo dicho, no era éste el aspecto más importante y aunque de modo consciente o inconsciente se apropiaron o idearon el modo más adecuado de interesar al posible lector, su preocupación primordial se centró siempre en el contenido.

En gran medida creyeron en todo momento que el potencial lector a que iba dirigida la prensa anarquista - la clase obrera fundamentalmente - estaba casi ganado, al menos en los períodos de efervescencia o crisis social, de auge y reorganización. Tenían una gran confianza en la fuerza de sus convicciones y en ningún momento dudaban del poder de la verdad.

Frente a la prensa burguesa considerada machaconamente como prensa falaz y mercenaria, vendida al mejor postor cual prostituta callejera, estaban convencidos que su discurso libre y veraz no sujeto a conveniencias ajenas que pudieran distorsionarlo, derrumbaría cual castillo de naipes las poderosas murallas levantadas por siglos de oscurantismo y explotación. Para ello se apoyaban en sustratos que consideraban de una firmeza tal que podía sin molestias sustentar todo el edificio de crítica social: la ciencia y la fe en el progreso.

La ideología anarquista, caracterizada sobre todo por su confianza en el individuo, desplegó todos sus esfuerzos en demostrar que éste podía ser libre y alcanzar una sociedad más justa sin necesidad de tutelas, con el solo concurso de otros individuos en su misma situación de explotación, sin componendas políticas o amaños partidistas.

Pero, aunque poco se preocuparon de la forma literaria que daban a su discurso, ya que pensaban que lo importante era el fondo, no faltaron incursiones en este terreno estilístico. El hecho de que el periódico anarquista estuviera abierto a todos aquellos que quisieran o tuvieran necesidad de decir algo, contribuyó no poco a generar toda una literatura que podríamos calificar de obrerista. Posiblemente no llega a alcanzar las cumbres del Parnaso, pero es un aspecto no desdeñable de la producción literaria anarquista.

Desde la poesía al cuento sin olvidar el ensayo, todos los estilos fueron intentados, pero predominó, en última instancia, el fondo sobre la forma.

Con esto queda sobreentendido que colaboradores del periódico podían serlo todos aquellos - anarquistas o no - que supieran escribir y tuvieran el tiempo suficiente para hacerlo. E incluso aquellos que eran incapaces de pergeñar unas mal trazadas líneas, podían también contribuir con su grano de arena si eran capaces de encontrar un amanuense que se aviniera a trabajar para ellos.

Si de los colaboradores pasamos al cuerpo de redacción del periódico - es decir, los responsables directos del mismo - el grupo se restringe lo suficiente como para que pudiéramos identificarlos de haber sido práctica corriente la llevada a efecto por La Solidaridad de Madrid. Esta anotaba escrupulosamente a los componentes de la redacción en cada cambio que se producía, siguiendo al pie de la letra las directrices marcadas por el reglamento del órgano de una federación local. Pero esto fue una excepción. Solo en muy contados casos conocemos con exactitud a los integrantes de los mismos y aún así, recurriendo constantemente a fuentes indirectas. Convencidos - y así era indudablemente - que los lectores del periódico los conocían perfectamente no veían la necesidad de plasmarlos en letras de molde. Para ahuyentar toda idea de vanidad tanto como para evitar en lo posible dar facilidades a la policía en su cometido.

Salvo contadas excepciones que podrían ser enumeradas: la familia Urales (y en este caso con ciertas salvedades, porque sus empresas periodísticas hubieron de ser combinadas con otro tipo de actividades para poder sobrevivir), Ricardo Mella, Puente, y algunos otros, los redactores eran obreros. No abundaron nunca los profesionales entre los anarquistas y los intelectuales jamás estuvieron muy bien vistos entre ellos. El cuerpo de redacción de los periódicos ácratas se reclutaba entre el amplio ejército de trabajadores o campesinos que suplían sus deficiencias con una gran dosis de buena voluntad y una parte no desdeñable de espíritu de sacrificio.

Editar un periódico anarquista se consideraba una labor militante, desde luego no remunerada y por lo tanto alternada con la larguísima jornada de trabajo que tenían que soportar, al menos hasta que se logró la jornada de ocho horas.

Cierto es que los periodistas de los grandes diarios burgueses - con mayor motivo de los pequeños - no disfrutaban de una situación muy envidiable y en un alto porcentaje tenían que redondear sus escasos emolumentos dedicándose a tareas que poco o nada tenían que ver con su actividad periodística

Únicamente en el caso de los diarios anarquistas - escasos en número - se empleó personal pagado, periodistas profesionales o aficionados. Pero incluso en estos casos el porcentaje era muy reducido en el total de la plantilla.

Debía parecer tan insólito que un periódico estuviera redactado por obreros, que en ocasiones fue puesto en duda por parte de la prensa burguesa. Independientemente de las razones que movieran a éstos a lanzar tales acusaciones, lo cierto es que era un método de dudoso resultado si con ello se perseguía desprestigiar a aquellos.

Pasando a los objetivos, uno de ellos era - sin ningún género de dudas - la extensión de la propaganda. Entre las numerosas trabas que se encontraban para cubrirlo no era la menos importante el elevado índice de analfabetismo que incidía de forma especial entre la clase obrera y campesina, principal sector al que se dirigía dicha propaganda.

Por ello el periódico anarquista se convirtió en tribuna y vehículo de cultura con el fin de sacar al trabajador de la secular ignorancia a que se le había tenido sometido.

Conocida es la preocupación de los anarquistas por fundar escuelas al margen de la iniciativa oficial - o religiosa - con el fin de rescatar al trabajador de toda tutela pública o religiosa y hacer de él un ser consciente e independiente y por tanto libre.

Como complemento en algunos casos y sustituto en otros, el periódico pretendió cubrir esas deficiencias. La imposibilidad de que algunos - la mayoría - pudieran leerlo extendió el hábito de las lecturas públicas. En ellas el privilegiado que conocía los rudimentos de la lectura se convertía en espontáneo lector que, con más o menos dificultad, leía aquellos artículos del periódico que le parecían más interesantes, a un amplio auditorio que le escuchaba atentamente.

Junto a este afán educativo de las clases menos favorecidas socialmente, se pretendía paralelamente elevar el nivel de conciencia de los explotados, mediante denuncias de las injusticias del sistema o extender los métodos de lucha contra el mismo.

Salvo contadas excepciones contribuyeron a difundir la idea de la asociación obrera como paso previo a la constitución de una fuerza de los trabajadores que hiciera frente con algún éxito a las fuerzas coaligadas que defendían el capitalismo: burguesía, ejército, iglesia, como principales factores de la reacción.

La propagación de las ideas anarquistas ocupa también un lugar destacado entre los objetivos de la prensa de esta tendencia. Ello suponía hacer propaganda masiva del rechazo a toda política y consecuentemente la creación de organizaciones al margen de la misma. Si por un lado el sistema político de la Restauración ideado por Cánovas - el bipartidismo - con sus secuelas de corrupción, fraude en las elecciones, etc., favorecía dicha propaganda, por el otro la represión indiscriminada que al mismo tiempo propiciaba era un factor negativo cuando se trataba de crear organizaciones estables en defensa de sus intereses de clase.

El periódico anarquista, pues, se convirtió además en un arma de lucha, debatiéndose constantemente entre la organización y la revolución.


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